Para sacarle más partido a la respuesta, antes me gustaría compartirte mi propia experiencia.

Todo empezó en el 2008 cuando trabajaba en un laboratorio de  investigación de un reconocido hospital de Barcelona. Tras varios años ejerciendo esta profesión y rodeada de un gran equipo donde se fusionaba lo profesional con lo personal, sentía que ese no era el camino que quería continuar.  Entre medias, me fui de viaje a la India y allí, al ver tanta pobreza, se reafirmaron mis creencias acerca de este mundo capitalista dominado por varios magnates multimillonarios y donde se cree que quien más tiene, más puede.

De vuelta en Barcelona  en estado de shock por todo lo que había vivido en India y odiando el dinero más que nunca, me replanteé qué hacer con mi vida a mis 25 años. Decidí abandonar el  puesto de trabajo en plena crisis renunciando a un buen salario, para coger una mochila, un billete de ida y un destino: Senegal.

Me fui de cooperante con la fundación Por Una Sonrisa en África. Vivía en una residencia con 65 niños y niñas en edad escolar a los que les daba clases de refuerzo.  Lo que allí aprendí en los 4 meses que estuve conviviendo con esas familias es difícil de describir.

Mi mochila iba cargada de expectativas y creencias acerca de este gran continente más las que me llevaba “de serie”. Algunas de ellas se pueden resumir en:

·         En África no necesitaré dinero, sólo la intención para trabajar como voluntaria.

·         Allí imperan valores muy diferentes a los de aquí: la humildad ante la soberbia, la colaboración ante la competencia, el compartir ante el egoísmo, la alegría ante la ira,…

·         Prima lo inmaterial ante lo material.

·         Allí son pobres pero felices.

·         El dinero es malo, fuente de mal agüero.

·          El dinero  corrompe a las personas.

·         Las personas ricas se dedican a negocios sucios e ilegales.

·         El dinero no trae nada bueno.

·         Y un largo etcétera.

Os puedo asegurar que durante los casi 4 años que viví en Senegal, se desmoronaron muchas de estas creencias. Las demás las cambié en los últimos 3 años.

Con el cúmulo de experiencias, me iban  surgiendo muchas preguntas que me hicieron reflexionar. Me dí cuenta de que SÍ necesitaba dinero para intercambiarlo por productos alimenticios o textiles, para hacer uso del transporte, para hacer regalos, para ofrecer donaciones, para amueblar la cabaña,…..

Comprendí que el dinero no es ni bueno ni malo, es una herramienta más para movernos por el mundo, de hecho, es un acelerador. Por citar mi experiencia, yo podía elegir para transportarme de una ciudad a otra  entre un coche  de 5 plazas  sin paradas por el camino o un autobús a rebosar de gente y con decenas de paradas. ¿La diferencia? El precio y la duración del trayecto. Al  principio cogía los autobuses por aquello de “aparentar” ser una más entre ellos, incluso en trayectos cortos, prefería montarme en carretillas tiradas por caballos que en los coches. Era tal el afán que tenía de despojarme de toda cosa material y de vivir como ellos, que por un tiempo me creí pobre. Después de mi estancia en la residencia, me mudé a una aldea donde se alternaban casas de ladrillo y cabañas. Aprendí rápido  su idioma, wollof , y me relacionaba exclusivamente con gente local. También aprendí a cocinar sus platos, a pagar por todo al mismo precio que ellos (todo un arte esto del regateo), a caminar con cubos en la cabeza, a vestirme como ellas e, incluso, andar como ellas. Iba a los pozos a por agua, al mercado a por las frutas y verdura y al puerto a por el pescado más fresco. Parafraseando a Darwin, me adapté al ambiente para sobrevivir.

¿Realmente no hace falta el dinero en África? ¿Prefieren vivir con tan poco? ¿En verdad son pobres y felices?

¡Cuánto cambia la historia cuando vives allí! Hace falta dinero en África y en cualquier sitio  donde haya una comunidad de personas, exceptuando, por ejemplo, algunas tribus indígenas del Amazonas que eligen vivir así.

La importancia del tema radica en nuestra percepción, en las creencias asociadas al dinero que se nos forman desde pequeños escuchando a nuestros padres, en  la información que ya traemos de serie heredada de nuestros ancestros y en el bombardeo contante de los medios de comunicación. ¿Qué solemos hacer con todo este “batiburrillo” de información? JUICIOS Y PREJUICIOS.

Ahora  que se acerca la época de más consumo del año te invito a reflexionar sobre ello.

¿Cómo aprovechar las navidades para cambiar algunas creencias acerca del dinero?

1.       ¿Qué significa para ti el dinero, qué te aporta?

Sin generalizar, sé lo más concret@ posible en tu respuesta.

2.       ¿Eres tú quién le da valor al dinero o te lo da él a ti? ¿Tanto tienes, tanto vales?

Aquello que piensas  es aquello que también ves en los demás, quizás en otra escala, en otro nivel, pero es la misma esencia.

3.       Eso que vas a comprar, ¿te es necesario físicamente o cubre alguna otra necesidad emocional?

Muchas veces, demasiadas diría yo, se compra por impulsos, sin pensar en qué nos empuja a realizar esa compra. Esa vocecita parlanchina (ego) se inventa todas las excusas posibles para convencerte de que compres esto o aquello, pero casi siempre hay un previo a esa situación de la que no eres consciente (un rechazo, un abandono, una esperanza rota, una falta de mirada de atención o de escucha, falta de abrazos y besos,….).

4.       En lugar de quejarte porque no te llega el dinero para comprar todos los regalos que quieres o preparar las grandes comidas navideñas, agradece el dinero que ya tienes para hacer regalos o para comprar comida. Un dato importante y revelador en las casas españolas es que  de media, se compran más alimentos por cabeza de los que realmente se consumen.

5.       El dinero es una herramienta que te posibilita  tener  a tus seres queridos cerca o darte ese viaje tan deseado en la otra parte del mundo.

6.       Haz tu propia lista de creencias acerca del dinero y observa de dónde te vienen, a quién te recuerdan.

7.      Compres lo que compres, gastes lo que gastes, hazlo tomando conciencia de lo que haces. Ojo que no es juzgarlo ni etiquetarlo de “bueno o malo”, sino simplemente darte cuenta en qué y de qué manera inviertes el  dinero.

 

Cuando conocí la manteca de karité y probé en mi propia piel sus efectos, se me vino un pensamiento: “si esto me ha ido así de bien, ¿a cuántas personas más puede beneficiar?”. Y eso fue lo que me impulsó a investigar en el terreno este producto y a desarrollar el proyecto para poder importarlo a España. Aparte del tema burocrático, lo que más necesitaba para que otras personas pudieran beneficiarse  de esta crema tan reveladora y sentir tus rápidos efectos en la piel, era  financiación. Tras conocer y colaborar con  la ONG Coopera  que también desarrollaban otros proyectos en Senegal, les hablé del proyecto de negocio que tenía en mente. Les gustó tanto  la idea que me ofrecieron la financiación necesaria para impulsarme. ¡Gracias por todo!

 Así fue como pasé de cooperante a emprendedora

Compárteme aquí debajo algunas de las creencias  acerca del dinero que más te pesen en tu vida o que hayas conseguido cambiarlas.  O si por el contrario,  no consigues deshacerte de alguna en concreto y cada mes o navidad se repite.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies